el vapor de las piedras

“La sabiduría está en la piedra.”

La piedra es un/a abuelo/a de larga longevidad en armonía con la naturaleza. El acto de poner la piedra en el fuego, el elemento activador, responde al deseo de acercarla a nuestro tiempo para que nos pueda llegar a transmitir su sabiduría. Siguiendo esta lógica, es vertiendo agua a la piedra candente que se extrae su espíritu – vapor con sonidos silbantes, sabiduría en cantos – que nos toca física, mental y espiritualmente.

Este principio de evaporación se mantiene, aún hoy, latente, en su forma más pura, en la ceremonia ancestral lakota Inipi, diseño tradicional de un tipo de cabaña de sudación, donde los nativos de la comunidad nativa Norteamericana acuden para purificarse con el soplo de Tunkashila – el espíritu abuelo -.

En Mesoamérica el Temazcal, principalmente, designa un recinto sagrado de purificación directamente relacionado con los ritos a la Madre Tierra. Lugar de encuentro de la comunidad nahua con Toci, “Madre de los Dioses y Corazón de la Tierra”, deidad que ayudaba en los partos. Existen varias modalidades de Temazcal en las distintas tradiciones de México y Guatemala.

En el extremo occidente de Europa, en la península Ibérica, dentro de los castros celtas de la antigua Callaecia hay las ruinas Pedras formosas, “Piedras bonitas” interpretadas por sus motivos mágico-religiosos como entradas a recintos donde, con vapor propiciado por agua vertida sobre piedras candentes, se realizaban rituales indígenas de iniciación y renacimiento.

Esta es una práctica, también, presente en Europa por tradiciones de origen prerromano. A mediados del siglo V d.C., Sidón Apolinar documentó como los galo-romanos siguiendo la tradición de sus ancestros: “… se excavaba una fosa cerca de una fuente o un río en la que se arrojaban un montón de guijarros – piedras de río – ardientes; después, mientras la fosa acumulaba el calor, se la cubría de una cúpula de ramas flexibles de avellano entrelazadas en forma de semiesfera; además, se echaban por encima coberteras de piel de cabra para cerrar los huecos entre las ramas y eliminar la luz, conservando en su interior el vapor saliente que se producía por la aspersión de agua hirviendo sobre las piedras candentes… se producía una sudoración muy saludable rodeados y envueltos por la emanación de un vapor sibilante…”. De similar descripción es la que Erodoto nos da al documentar en el siglo V a.C. como los escitas realizaban un ritual de estas características y propósito de purificación.

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